Silencio. Oscuridad. Aparente inmovilidad. Angustiosa quietud. Sesenta atmósferas de presión. Seiscientos metros bajo el mar. El pecio de un galeón.
La rapacidad del ser humano no conoce límites, llevando su codicia a lugares tan insondables como insospechados. Tanta es aquélla, que es capaz de autoengañarse para justificar la profanación de una tumba: esa en la que se encuentran los restos de aquéllos que sucumbieron en combate tres siglos atrás. El ansia por el brillo dorado podrá más que cualquier obstáculo que se interponga en el camino. Los leguleyos encontrarán abundante jurisprudencia que avale la tropelía. Los colectivos que exigen su tajada esgrimirán toda suerte de argumentos para estar en mejor posición cuando se decida - por imposición o por la realidad de los hechos consumados - quienes son los propietarios.
Si, porque clamarán los sucesores de los propietarios de la nave; también los que dicen defender el patrimonio; o desde cualquiera de los puertos de embarque o llegada de la infortunada embarcación; quizás los descendientes que los que fueron forzados a extraer el vil mineral; a buen seguro, los ejecutivos de la corporación que puso la pasta para encontrar los restos y trillar el fondo marino con la sana intención de no dejar ni una onza de metal áureo. Tal vez reclamen, incluso, los siempre insatisfechos dirigentes de ciertas autónomas tierras peninsulares donde se aserraron las maderas y se produjo la clavazón del barco. Quién sabe.
Quizás algunas de éstas fueran embarcadas ante de la salida del galeón a alta mar
Reproducción de moneda de 8 escudos de oro, Felipe V (ceca de Lima, 1707) - anverso
"Del Real a la Peseta II" - El País (colección personal)
Toda tropelía estará legitimada porque los propietarios originales de la embarcación fueron esos odiados opresores del otro lado del océano que durante trescientos años esquilmaron las riquezas de unos territorios. La ya conocida cantinela que algunos se afanan en divulgar para embaucar a la mayoría. Como se ha tenido la previsión de no firmar el tratado internacional para proteger el legado cultural subacuático, aquel legado hispano dejado, aunque no olvidado, caerá bajo las zarpas de los más decididos en apropiarse de él, aunque tal acción carezca de cualquier viso de justicia.
Podemos estar seguros de que, a pesar de bonitas frases y la hueca retórica habitual, los que tengan la sartén por el mango se pasarán por el arco del triunfo cualquier mínima consideración hacia los restos de ese camposanto del fondo marino. Vía libre a la rapiña. Tal vez otro gallo hubiera cantado si los restos hubieran pertenecido a una superpotencia de hoy día. Pero no han tenido esa suerte, y fueron encontrados por medio de búsqueda en archivos peninsulares (ésto no hay quien lo entienda, pardiez), tecnología punto, inversores ávidos de recuperar su inversión y, a buen seguro, un golpe de suerte. Suerte...
Por monedas parecidas a estas se ha formado semejante tinglado, qué pena
Reproducción de moneda de 8 escudos de oro, Felipe V (ceca de Lima, 1707) - reverso
"Del Real a la Peseta II" - El País (colección personal)
Así, en las profundidades del Mar Caribe descansan los vestigios de la Capitana de la Flota de Tierra Firme. Los restos de un malhadado combate naval a punto de ser expoliados. Ojalá toda esta historia fuera una alucinación. Ojalá.
Nota: Foto tomada con cámara Xiaomi Redmi Note 13 Pro; editada con Microsoft Fotos y Windows Paint