¡Qué impacto mientras paseaba por el frígido centro del pueblo hace ya una década! El penúltimo vestigio de esa arquitectura con aroma a salitre y a cal de nuestra villa había caído a los pies del inmisericorde avance urbanístico litoral y la presión crematística de nuestra alocada época, dejando a la vista el solar de lo que fue un emblemático restaurante.
Tras aquellas paredes blancas se cocinaban pescados, pimientos rellenos de carne - si la memoria no engaña, cebollas rellenas también. Jubilados leyendo el Diario de Cádiz en papel, tomándose un café y algo más cuerpo en copa. Tostadas de viena para desayunar. A la derecha, en la fachada, la cartelera de cine. En el salón, las mesas orientadas a la calle, casi sin ver la playa. Julios y Agostos de actividad frenética. Y más cosas que quedan perdidas en los recovecos de la memoria.
Y no hay más. Cambios que trae la vida y, lejos de sentir nostalgia por aquel lugar donde hoy se erige un edificio intrascendente con negocio impersonal, se siente la satisfacción de haber disfrutado de buenos momentos en el local. Y no será el único, como ya se verá.
Nota: Foto tomada con Samsung Galaxy Core 2; editada con Microsoft Fotos y Windows Paint.

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